
Son muchas las entradas de rigor escritas al ocaso de un año que cede al alba del siguiente. Muchas las palabras vertidas, los buenos deseos y un gran clamor que no ha dejado de palpitar al ritmo de unas llamas, tan marchitas como vigorozamente activas durante siglos.
El rigor de una agenda impuesta bajo remanentes de una contidianidad subscrita al poderoso desafío del espíritu de los tiempos, manipulada quizás por aquellos señores de sonora e invisible figura que asciende entre bastidores.
Este, como tantos otros anteriormente, es uno de esos años donde se apela a la fe de una esperanza, no cristiana, sino cívica. ¡Quién podría atraverse a tal osadía! No obstante, los piropos no ceden en contundencia al marketing de la esperanza de otro producto político, creado de la nada, gracias al marketing, y que toma en esta ocasión el rostro del Sr. Barack Obama. ¿Cómo puede un hombre que aún no ha realizado nada ser considerado un héroe? Más, cuando se echa la vista hacia atrás en busca de sus huellas.
Este 2009 será uno de tantos otros años, parón productivo cíclico, que golpeará al mundo autodenominado desarrollado con una intensidad mayor de la esperada. Situación fruto de la codicia, la falta de ética profesional y la inmoralidad que prima la individualidad ante el grupo, una inmadurez colectiva y social que prima lo material destruyendo la capacidad de espíritu crítico del hombre libre, excelente sinónimo para enmascarar al ser humano, preso de una sociedad marcada por la imagen y la benevolencia creadora de la apariencia como estándares de vida.
Hay quienes se apresuran a marcar una agenda de problemas e incertidumbres para el nuevo año, quienes escribirán ríos de tinta acuñadas bajo la firma de un capital amigo, al que habrán de ceñirse sin rechistar, pues es conocido lo de "no morder la mano que te da de comer".
Siempre surgirán empresas loables y prioritarias, siempre surgirá capital para sufragar, grupos de influencia a los que contentar, pero nunca habrá financiación para problemas básicos del pueblo. Saldrá dinero de la nada, en cantidades monstruosas, para salvar la banca, a las grandes empresas, pero nunca habrá suficiente dinero para la sanidad o para la educación, aunque estas últimas sólo alcancen un irrisorio porcentaje de lo que costaría una guerra con la que desviar la atención pública. Al fin y al cabo, alguien ha de suplir los impuestos que nuestros empresarios han desviado a paraisos fiscales o aquellos que ya no ingresan en nuestras arcas, fruto de la deslocalización empresariales promovida por los lobby globalizadores.
Nada dirán de atajar la violencia en nuestra sociedad, ni de hacer valer un sistema de valores, nada aportarán de nuevo a un sistema donde los dados no danzan bajo la magia del azar. El pueblo, llano y simple, seguirá siendo engañado con promesas y medias tintas, dejando al descubierto una cada vez más precaria educación, una masa uniforme que avanza como ovejas ante una nueva cultura donde lo diferente está mal visto, donde la virtud, el buen hacer y el sacrificio que significa el esfuerzo no será considerado como valores del progreso humano, sino como coletazos de un pasado, aún por reescribir.
Este año seguirá siendo otro año donde los Derechos Humanos y el código de buena conducta social será empeñado al mejor postor, donde los conflictos bélicos y armados crecerán en intensidad. Será otro año para utopías y promesas electorales que volverá a refrendar el buen hacer de una falsa democracia, de un estado de gobierno que no responde a las inquietudes ciudadanas o divinas, sino que se situan al amparo de aquellos que manejan los hilos de la traición.
Éste será otro año para afianzar el modelo de una sociedad consumista y materialista, cuyo foco reactivo será la dolencia de una persona moldeable y voluble al antojo de una apatía política, una sociedad que se creerá libre y orgullosa de sus éxitos.
Pero a mi entender, el camino nos presenta un mayor control tecnológico de nuestros hábitos, una mayor dosis de insensibilidad y egoísmo humano, una inmoralidad que crecerá al amparo de una cultura oficiosa basada en el descrédito de las tradiciones y de la moral. Quizás esta entrada os deje un regustillo amargo, pero es que acaso no ha ido el ciudadano convertiéndose cada vez más en consumidor y no en humano. ¿No tiene más derecho un consumidor que un ciudadano?
Tiempo al tiempo.